“Enrique II había amado y respetado sinceramente a su mujer. Al perder a Margarita, perdió también la alegría de su casa, el orgullo de su trono. Cayó en una profunda tristeza que hizo temer por su vida. Permaneció enfermo mucho tiempo en su castillo y cuando sus amigo, inquietos y preocupados, le reprochaban su exceso de dolor como una debilidad indigna de un Rey, les respondía: “Amigos, yo era hombre antes de ser Rey, mejor aún, soy Rey todavía cuando lloro, porque es vuestra desgracia y la mía que me hace derramar estas lágrimas”. Un rayo de alegría disipó de momento su pena y fue cuando su hija le presentó a su nieto, el joven Enrique que, ya desde la cuna, le pareció a su abuelo predestinado a un futuro de grandeza y de gloria”.

 

“El Rey de Navarra no sobrevivió mucho tiempo a la alegría de verse renacer en su nieto. Murió e su castillo de Hagetmau, en Bearn, el 29 de mayo de 1555, a la edad de 52 años. Dejó ordenado en su testamento que su cuerpo fuese llevado a Pamplona para ser enterrado con sus antepasados y que, mientras tanto, fuese depositado en la iglesia catedral de Lescar, en Bearn. Ningún príncipe había hecho más por Pau y ningún Príncipe produjo tanta pena al morir”.(Historie du Roi Henri le Grand. París 1822. M. Andrieux y Une Visite au Bon Henri. Touluse 1845. G.C.)

 

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