“Hacia mediados de 1549 su hija Juana, vino a visitar a su familia al Castillo de Pau, donde fue acogida por le pueblo con grandes muestras de alegría, fue como un rayo de felicidad en los últimos días de su madre, que no había conocido más que lágrimas desde hacía tiempo.

 

La salud de Margarita empeoraba. Abandonó su palacio de Pau para buscar la calma y el retiro en su palacio de Odós, cerca de Tarbes y de Bagnères de Bigorre. Una noche tuvo un sueño que le impresionó profundamente y lo tomó como un presagio de su cercana muerte.

 

Entonces la Reina de Navarra, puso en manos del Rey el cuidado de sus asuntos privados; no concedió más audiencias, renunció a sus más queridas ocupaciones, incluso la poesía, y envió a sus amigos cartas que parecían su último adiós. En el mes de diciembre un cometa causó gran preocupación. Se decía que ocurría por la muerte del Papa Pablo III, La Reina tuvo curiosidad por observar este fenómeno celeste. Salió de su cama y se enfrió. De pronto, añade Brantôme, se le torció la boca, lo que observado por su médico la sacó de ahí y le mandó acostar tratándola como si fuese un catarro, y después murió a los ocho días. Después de pasar tres días sin poder articular palabra, en su último suspiro pronunció tres veces el nombre de Jesús”.

 

“Su cuerpo fue llevado a Pau. Un documento auténtico conservando en la Biblioteca Nacional reproduce todos los detalles de las ceremonias de los funerales de la Reina Margarita en la antigua Catedral de Lescar”.

 

“El Rey de Navarra y el Rey de Francia establecieron el rango de los nobles llegados de todas partes a sus exequias. A continuación los Duques, Marqueses y otros principales iban de “lutos rigurosos” dirigidos por el Duque de Vendôme. La imagen de la Reina, vestida de negro estaba tendida sobre un estrado, en una Capilla ardiente. Tres señores de la Grandeza llevaban los atributos reales, la corona, el cetro y la mano de la justicia que no se separaron de la Reina hasta el momento de ser depositada en la tumba. Su viejo amigo, el Vizconde de Levedan, era el Presidente del entierro. Los estados de Navarra, Foix, Béarn, Bigorre, y Nébouzan, el Vicecanciller y los Consejeros tenían asignados sus sitios como también los Barones del País. Los “grandes duelos” comieron en la mesa del Duque de Vendôme y los restantes personajes en salar diferentes. La costumbre de hacer grandes comidas el día del entierro y el día del aniversario se ha conservado en muchos lugares de los Pirineos. Las penas y pesares que la muerte de la Reina dejó en el pueblo fueron su más hermosa oración”.(Le Chateau de Pau, et Le Bearn. París-Pau. G.B. de Lagrèze.)

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